Diariamente, en nuestra actividad profesional o simplemente en
nuestra vida diaria, tomamos pequeñas decisiones, alguna no tan pequeñas, que
van dando forma a nuestro entorno, crean esa idiosincrasia que nos caracteriza
a cada uno de nosotros, a nuestra familia y por supuesto a nuestra empresa.
De
esas decisiones, grandes o pequeñas, depende nuestro futuro. Sin embargo, con
demasiada frecuencia se echa la culpa a los demás de las circunstancias que
rodean nuestra vida personal y profesional.
Cuando hablamos de relaciones paterno-filiales, unos dicen
que la culpa es de los padres, otros, que es de los hijos. Por lo general la
culpa es del gobierno, del ministro de economía, del de exteriores, etc., en la
empresa, si hay, la tiene el becario. En Estados Unidos la culpa es de los
europeos, pero en Europa no hay duda, la culpa es de los americanos. Para
algunas la culpa es de los hombres, pero para otros de las mujeres, y ¿Qué me
decís de los chinos?, ¿Y del ayuntamiento?............
Y en estas estamos, cuando demasiadas cosas se nos escapan de
las manos.
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Niño trabajando
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Necesitamos un tejido empresarial potente, competitivo, que
proporcione riqueza para todos, empresas, trabajadores y para el estado, que
tiene la responsabilidad de pilotar una nave en la que, queramos o no, estamos
todos.
Tener las mejores empresas, significa tener una mejor
sociedad, una mejor calidad de vida para todos. La pregunta es ¿Con nuestras
políticas empresariales apoyamos esta idea?, creo sinceramente que en la mayoría
de las ocasiones no es así, estamos tanto mirando nuestro ombligo, que no nos
damos cuenta que en la prosperidad de los demás, hay buena parte de nuestra
propia prosperidad.
Hay empresas que tienen normas, códigos de conducta, políticas
ambientales etc. que quedan fenomenales en los dosieres que presentan en sus
consejos de administración, pero que en la práctica son papel mojado.
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| Un logro de todos |
Desde las políticas de
compra se puede apoyar una idea u otra, pero cuando estas políticas se limitan
a manejar un único parámetro, EL PRECIO, llevan a adquirir productos de mala
calidad, fabricados generalmente en industrias lejanas, bajo condiciones
laborales medievales, agresivas con el medio ambiente, etc. etc. Estas
políticas tienen repercusiones graves e inmediatas sobre nuestro tejido
empresarial, sobre nuestro paro, en definitiva sobre nuestro presente y futuro.
El argumento empleado para justificar esas acciones, es que
“a igual producto manda el precio”, pero ¿El producto es solo el bien material
que podemos pesar o medir?, Las exigencias de calidad, sociales y
medioambientales que nos hemos impuesto y, que sin duda representan un coste a
añadir, ¿No forman parte del producto?, ¿es que un gran reserva es el mismo en
vaso de plástico que en copa de cristal? ¿Es realmente lo mismo?
Quizá se debiera empezar por cambiar las políticas de compras
de algunas de nuestras principales empresas y de las no tan principales, y por
poner en los departamentos correspondientes a las personas adecuadas. Saber
comprar no es comprar lo más barato, para ese viaje no hacen falta alforjas. Saber
restar no es saber comprar.
Las consecuencias de estas políticas ya se están viendo. Los
que las practican, posiblemente estén esperando a que alguien tome medidas,
pero la realidad es que la culpa no siempre es de los demás, o cuando menos, no
toda la culpa es de los demás.